Si reflexionamos sobre el impacto de la discapacidad en nuestra sociedad, podemos encontrar dos polaridades:
Por una parte, nos encontramos con una mirada aparentemente inclusiva, que presume de inclusión pero que, al mismo tiempo, sigue siendo capacitista porque no facilita los recursos suficientes para que esa inclusión sea real.
Y, en el polo opuesto, encontramos una realidad en cierta medida invisible: la de quienes se benefician de las necesidades de las personas con discapacidad.
A la primera mirada, la capacitista, no quiero darle más cabida ni seguir retroalimentándola. Pero sí quiero detenerme en esa otra mirada: la de quienes convierten nuestras necesidades en un negocio.
Obviamente, todos nos beneficiamos cuando vendemos u ofrecemos un servicio. Pero, para ir al grano, hay cosas que no entiendo.
¿Por qué un patinete con motor y batería de un tamaño muy reducido, que están perfectamente integrados y suelen tener una gran autonomía, puede costar 200 o 400 euros, mientras una silla manual puede costar el triple y una silla eléctrica diez veces más?
Encima, los motores y las baterías de nuestras sillas, que son una necesidad y no una opción como el patinete, muchas veces parecen de la prehistoria: grandes, pesados y poco portables.
Pero esto no ocurre solamente con las sillas de ruedas. También sucede con la comunicación y con los productos de apoyo para personas con discapacidad sensorial, física o intelectual.
Y es que una persona sin discapacidad no tiene que pagar por hablar, caminar, escuchar o ver. En cambio, nosotros tenemos que pagar un precio muy alto para conseguirlo.
Es cierto que existen ayudas, pero se basan muchas veces en catálogos de productos estandarizados y básicos que no siempre se ajustan a las necesidades reales de cada persona. Porque no todo el mundo necesita la misma silla, el mismo comunicador, los mismos audífonos, los mismos teclados braille o el mismo bastón inteligente. ¡Ay! no, que esto último no entra en las ayudas. Que sería demasiado lujo poder ver sin mirar.
Mientras tanto, el mercado avanza, pero no igualitariamente. Puesto que una aplicación de síntesis de voz puede tener un coste, mientras que una aplicación de voz a texto puede ser gratuita o mucho más accesible.
¿Y por qué? Quizás paradójicamente porque esta última se considera útil para toda la sociedad.
Entonces me pregunto: si la tecnología de voz a texto es para toda la sociedad, ¿por qué un comunicador de texto a voz puede costar 5.000 euros?
¿Por qué un sistema de seguimiento ocular puede costar lo mismo o más, cuando un ratón para videojuegos puede incorporar una enorme cantidad de tecnología y tener un precio mucho menor?
Y llego a una conclusión que no deja de resultarme incómoda:
Para algunos somos un beneficio mercantil y, para otros, un gasto innecesario. Dicho de otra manera: Somos un gasto cuando necesitamos ayudas y recursos, pero un mercado cuando tenemos que comprarlos. Me parece curioso este tema.
¿Qué opináis? ¿Cómo afecta esta dicotomía a nuestra calidad devida?

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