En el Día Internacional de la Mujer surge una pregunta inevitable: ¿por dónde empezar cuando hablamos de la doble discriminación que viven muchas mujeres con discapacidad? ¿Qué se puede decir que no se haya dicho ya? En los últimos años este tema ha ganado una gran visibilidad. Informes, jornadas, estudios y debates han puesto el foco en la intersección entre género y discapacidad, generando definiciones, conclusiones y propuestas que, sin duda, ayudan a avanzar. Es un paso positivo, porque facilita la acción y la construcción de medidas de mejora. Sin embargo, también ocurre algo curioso: en cada encuentro volvemos a escuchar, casi palabra por palabra, el mismo discurso. La realidad parece avanzar más despacio que las palabras.

Confieso que yo misma, muchas veces, caigo en la tentación de hacer una exposición reivindicativa y, a veces, también pesimista cuando pienso en mi propio camino o cuando leo los datos que aparecen en la prensa. Según los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística sobre empleo y discapacidad, en España hay alrededor de 1.946.800 personas con discapacidad en edad laboral, entre los 16 y los 64 años, lo que representa aproximadamente el 6,2% de la población en edad de trabajar. De este total, el 44% son mujeres.

La desigualdad se hace especialmente visible al analizar el mercado laboral. En 2023, la tasa de empleo de las mujeres con discapacidad se situó en el 28,3%, ligeramente por debajo de la de los hombres con discapacidad, que alcanzó el 28,6%. Si se compara con la población sin discapacidad, la diferencia es enorme: 63,7% de empleo en mujeres sin discapacidad y 74,5% en hombres.

La situación también se refleja en el desempleo. La tasa de paro de las mujeres con discapacidad fue del 19,4%, mientras que en los hombres con discapacidad fue del 19,9%, cifras que siguen siendo claramente superiores a las de la población sin discapacidad.

La brecha aparece también en los salarios. El salario medio anual de las mujeres con discapacidad ronda los 20.899 euros, mientras que los hombres con discapacidad perciben alrededor de 22.938 euros. Estos datos evidencian que, aunque se han producido algunos avances en los últimos años, las mujeres con discapacidad continúan enfrentándose a mayores dificultades para acceder al empleo y a condiciones laborales menos favorables.

Estos datos ayudan a comprender mejor el concepto de doble discriminación. Tal como explica Iniesta Martínez, las mujeres con discapacidad se encuentran en una posición de desigualdad derivada de la interacción entre género y discapacidad. Es decir, no solo se enfrentan a barreras por ser mujeres, sino también por tener discapacidad. Estas barreras pueden ser arquitectónicas, actitudinales, físicas, comunicativas o sociales. Como señalan Soler, Teixeira y Jaume, cuando a la condición de discapacidad se añade la de ser mujer, aumentan los obstáculos para ejercer plenamente los derechos, participar en la sociedad o alcanzar objetivos vitales. Esta doble discriminación está muy relacionada con otro fenómeno: la invisibilidad. Durante mucho tiempo, las mujeres y niñas con discapacidad han quedado fuera de los estudios, de las investigaciones y, en muchas ocasiones, también de las políticas públicas.

Es cierto que hoy contamos con leyes, derechos y marcos internacionales que promueven la igualdad. Sin embargo, las mentalidades cambian más despacio que las normas. A menudo ya no se nos percibe como inferiores, pero sí como más frágiles. Y esa percepción condiciona muchas miradas. Tener discapacidad parece reforzar esa idea de fragilidad. La diversidad de capacidades suele interpretarse como un signo de debilidad, y de ahí surge algo muy habitual: la sobreprotección. ¿Quién no ha escuchado alguna vez frases como “¿cómo vas a ir sola por la calle?”, “¿para qué quieres salir de noche si no puedes bailar?” o “¿para qué estudias tanto si luego no podrás trabajar?”. Quizá lo que falta es otra mirada en la que no importe tanto cómo hacemos las cosas, sino qué queremos hacer.

A todo esto se añade el hecho de ser mujer. Desde pequeñas muchas niñas han escuchado advertencias constantes: “ten cuidado”, “no hagas eso”, “eso no es para niñas”. Recuerdo que cuando era pequeña me gustaba jugar al fútbol, aunque fuera de rodillas, y mi familia me decía que no lo hiciera porque era un juego de niños y una niña no debía ensuciarse ni estropear la ropa. Son pensamientos profundamente arraigados que siguen situando a la mujer en una posición de mayor fragilidad, incluso cuando no es así.

Estas ideas generan obstáculos que muchas mujeres con discapacidad debemos superar con constancia. Porque, en realidad, más allá de la discapacidad que cada una tenga, lo único que muchas veces cambia es la forma de hacer las cosas, no el objetivo. La sobreprotección también aparece en ámbitos como la sexualidad. Hablar de deseo, afectividad o relaciones suele resultar más difícil cuando se trata de mujeres con discapacidad que cuando se trata de hombres. En muchos casos todavía persiste la idea de vernos como seres casi angelicales, sin necesidades ni deseos.

Muchos de estos comportamientos nacen de mecanismos de defensa del entorno. A menudo se intenta proteger, igual que históricamente se ha intentado proteger al género femenino. Pero esa protección puede convertirse en una barrera. Si el progreso hacia la igualdad de las mujeres ya ha sido complejo en la sociedad general, el camino para las mujeres con discapacidad lo ha sido aún más, en parte porque durante mucho tiempo fuimos invisibles o excesivamente protegidas.

Quizá por eso la lucha no consiste tanto en combatir pensamientos. El pensamiento es libre y cada persona debe transformarlo por sí misma. En cambio, sí podemos actuar desde nuestras decisiones, nuestros proyectos y nuestros logros. Muchas veces solo se cree aquello que se ve. Y son los hechos los que derriban los muros que levantan los miedos. El reto está en no hacer nuestras las inseguridades de los demás, algo que sucede con frecuencia y que frena nuestro progreso. Como decía Fritz Perls: “Yo soy yo, tú eres tú. Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas ni tú estás en este mundo para cumplir las mías. Si en algún momento nos encontramos, será maravilloso”.

La historia está llena de mujeres con discapacidad que decidieron ser ellas mismas y construir su propio camino. Gabriela Brimmer, poeta y escritora que nació con parálisis cerebral y escribía utilizando su pie izquierdo; Anne Sullivan, profesora con discapacidad visual que fue la maestra de Helen Keller; la propia Helen Keller, que quedó sorda y ciega a los 19 meses y se convirtió en una escritora y conferenciante mundialmente reconocida; Jessica Long, nadadora paralímpica con múltiples récords mundiales; Claudia Tecglen, psicóloga, activista y fundadora de la asociación Convives con Espasticidad; o la actriz Marlee Matlin, ganadora de un Óscar. Todas ellas, como muchas otras, no solo denunciaron discriminaciones, sino que lucharon por aquello que querían, construyendo su identidad, su trayectoria y su vida.

Porque cambiar la sociedad también implica actuar. Y muchas veces actuar significa algo tan simple y tan potente como darse a conocer. En mi espacio virtual PsicoVan suelo compartir pequeñas reflexiones y una de ellas resume muy bien esta idea: acompáñame, no me lleves; aconséjame, no me impongas; cuídame, no me sobreprotejas; ayúdame, no lo hagas por mí; escúchame, no me interpretes; conóceme, no me juzgues; contrátame, no me ignores; apóyame, no me tengas lástima.

A veces la discapacidad está más presente en quien cree no tenerla que en quien convive con ella.

Somos mujeres con capacidades, con proyectos, con deseos y con los mismos derechos que cualquier otra persona. Por eso, en este Día Internacional de la Mujer, el mensaje es claro: hacernos visibles. Porque cuando nos mostramos, cuando participamos y cuando ocupamos nuestro lugar en la sociedad, no solo avanzamos nosotras, también abrimos camino para muchas otras que vendrán después.


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